Florencia · literatura, cultura y patrimonio · 14–19 noviembre de 2022

Crónicas completas de esta movilidad, reunidas en orden. Se conservan las publicaciones originales y sus comentarios.

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Florencia. Día 1

Publicación original: 14/11/2022 · Esperanza Mateos Donaire · Leer original y comentarios

Aquí estoy, en la ciudad de las flores, recién estrenado mi Erasmus sobre literatura, cultura y patrimonio. ¿Podría haber elegido otra ciudad para un curso así? Sin duda hay joyas exquisitas en el mundo. Y Florencia es una de ellas.

Esto pienso en este descanso del día, en mi pequeña habitación de la Via Calimala, próxima a la Piazza Della Signoria. Mi alojamiento es diminuto, apenas caben mis avíos en la repisa del cuarto de baño, mi ropa en el ropero. Pero la ventana es enorme, parece la cuarta pared de un escenario que me muestra, ahí mismo, la torre del Palazzo Vecchio sobresaliendo tras el edificio del otro lado de la calle. Es fácil entonces recordar a Lucy Honeychurch en Una habitación con vistas (James Ivory, 1985) en aquel momento en que, al abrir las ventanas de la habitación que amablemente le había cedido el excéntrico Emerson, el Arno y el Puente Vecchio entraban en la escena de su vida sin que ella supiese aún que Florencia acaba de marcarla para siempre. 

Así es Florencia: una ciudad con el don de permanecer en el imaginario de quienes la visitan. ¿De dónde procede ese don? Es la naturaleza del arte, la literatura, la cultura. Es la esencia del patrimonio, el legado que nos llega a través de largos siglos que constituyen mucho más que nuestro pasado: son nuestro ADN. Esos siglos no son solo tiempo: son el espacio donde residen las respuestas a nuestras preguntas, lo más recóndito y, sin embargo, lo más incuestionable de aquello que somos. 

En estos extraños tiempos en que hemos tenido que hacer una agenda para esbozar un futuro sostenible, en que hemos inventado la necesidad de vivirlo todo simultáneamente para justificar una prisa innecesaria, en que hemos convertido a la tecnología en un fin cuando en realidad era un medio, en que hemos olvidado que no puede haber ciencia ni investigación sin conocimiento; en estos tiempos apresurados, deslumbrantes y tan llenos de buenas intenciones como de trampas, los profesores de Humanidades deberíamos transmitir ese recordatorio esencial sobre nuestro patrimonio, el secreto de lo que somos, el secreto de lo que podemos llegar a ser, en toda su extensión, en lo bueno y en lo malo. 

De estos asuntos hablamos en este Erasmus. Mis compañeros vienen de Croacia, Lituania, Italia y Alemania. Países muy diferentes entre sí, y muy distintos de España, pero todos nos hemos hecho hoy preguntas semejantes: ¿quieren escucharnos nuestros alumnos? Nos lamentamos a menudo diciendo que no. Quizás las preguntas sean otras: ¿Sabemos hacernos escuchar? ¿Creemos en el poder de aquello que enseñamos? ¿Somos conscientes de ese poder? 

Continuaré mañana, queridos. Ahora, voy a dar un paseo nocturno por la ciudad de las flores. 


Florencia. Día 2. Desde Fiésole

Publicación original: 15/11/2022 · Esperanza Mateos Donaire · Leer original y comentarios

Imaginaos que una inquietante enfermedad, muy contagiosa, irrumpiese en vuestras vidas cotidianas. Que vuestra ciudad se apagase y languideciese, que los comerciantes cerrasen sus negocios y los industriales sus fábricas, que nadie saliese de sus casas, que cualquier síntoma de cualquier dolencia fuese un barrunto inquietante, que el silencio, el miedo y la sospecha campasen libremente por las calles vacías. 

¿Lo imagináis? Fijaos: no os pido que recordéis. Os pido que imaginéis. Porque si antes de la primavera de 2020 os hubiese descrito unas circunstancias así, habría sido necesario un ejercicio de imaginación para comprenderlas. Y no habríamos podido concebirlas sin recurrir a la Historia o a la Literatura. En cambio, acudiendo a estas, caemos en la cuenta de que ese escenario no era nuevo en el 2020 ni estaba inspirado por la fantasía. Era el de la maldición que asoló Europa en el siglo XIV. Era el de la peste negra. 

La enfermedad llegó a Florencia en el año 1348, casi al mismo tiempo que el hijo de un comerciante, joven amante de las letras que, tras la muerte de su padre, tuvo que hacerse cargo de sus bienes. Pero en realidad él no quería ser mercader como su padre. Quería ser escritor, como su amigo Petrarca. Se llamaba Giovanni y, cuando llegó a Florencia, quedó profundamente impresionado por el modo en que la peste había cambiado la vida en la hermosa ciudad que, de niño, él había conocido. Sobrecogido escribió: “En la egregia ciudad de Florencia, la más bella de las ciudades de Italia, llegó la mortífera pestilenza…”. 

Giovanni tenía pluma ágil, verbo popular e ingenioso, era maestro en la lengua de las gentes anónimas, de la vida real, y a la vez, sabía verter en ella su amplia cultura literaria, su profundo saber clásico. Con ese arte y bajo la fuerte impresión que las escenas de la peste le habían producido, concibió el impulso narrativo de la que sería su gran obra: diez jóvenes, huyendo de la ciudad apestada, se refugiarían en una villa campestre de Fiésole, en las afueras de Florencia. Allí, para alejar de sus corazones el miedo a la enfermedad y la muerte, se dedicarían a contar historias. Diez jóvenes. Diez historias cada uno. Cien relatos en total. Pero no serían relatos agoreros ni dogmáticos, como lo era ya la cotidianeidad transformada por la peste. Serían ingeniosos, eróticos, desternillantes, críticos, agudos. Relatos sobre el amor y la astucia, sobre la vida y la fortuna, que arrojarían una mirada sincera y honesta sobre el ser humano. Relatos que conformarían una de las grandes obras de nuestra cultura: el Decamerón, de Giovanni Boccaccio. 

Desde Fiésole, en la noche que cae sobre la Toscana, Florencia se ve como un mapa hecho con luminarias. Su imagen, en este entorno literario e histórico, es todo un símbolo: incluso en las peores circunstancias, siempre hay luces y rumbos. Quiero pensar que en el siglo XXI hemos aprendido algo sobre eso…


Florencia. Día 3. La cúpula de Brunelleschi

Publicación original: 16/11/2022 · Esperanza Mateos Donaire · Leer original y comentarios

Llueve en Florencia, pero no importa. Ni me molesta a mí ni parece molestarle a nadie. Avanzo por la Via Calzaiuoli y llego hasta la Plaza del Duomo. En mi tercer día de clases ya me he dado cuenta de que, llegada a ese punto del trayecto, no tardaré ni diez minutos en alcanzar el número 12 de la Via Saint Egidio, donde se encuentra mi academia. Me sobra tiempo, lo cual es un privilegio, como lo es mi trayecto diario. Así que avanzo y retrocedo, me detengo y me entretengo en la lluvia, la lentitud y el lugar que estoy pisando. 

Paso junto a la estatua de Filippo Brunelleschi. Ahí está, mirando hacia el cielo, imaginando una cúpula aún no construida, visualizando su proyecto, examinando su propio desafío. Cuentan que, durante el trabajoso proceso de construcción, Filippo subió muchas veces a poner él mismo los ladrillos, a colocarlos con sus propias manos. Supongo que era la mejor forma de enseñar a los trabajadores los secretos de la sujeción y el equilibrio de tan retadora estructura. Pero estoy convencida de que, al compartir con ellos los misterios de su técnica, compartía también su propia fe en sus objetivos. 

Lo que voy a deciros ahora debería ser una obviedad pero temo que no lo es: no se puede transmitir amor por los libros sin amarlos; ni seducir a nuestros alumnos con el arte, sin estar impresionados por las obras que les mostramos; ni despertar su fascinación por el conocimiento, sin hacernos a nosotros mismos las preguntas que les proponemos. ¿En qué momento esto dejó de ser una obviedad? ¿Tal vez cuando perdimos la fe en la enseñanza de la Literatura, el Arte, la Filosofía? 

Las piedras del conocimiento, tendremos que ponerlas con nuestras propias manos; tendremos que subir personalmente a la cúpula en construcción. Para cambiar el mundo, nos hará falta su perspectiva amplia, nueva, diferente. 


Florencia. Día 4. A hombros de gigantes

Publicación original: 17/11/2022 · Esperanza Mateos Donaire · Leer original y comentarios

Hoy le regalé a Christine, la coordinadora del curso en el que participo, una de las camisetas que hicimos en el instituto para conmemorar el Día Mundial de la Filosofía, como corresponde al tercer jueves de noviembre. “A hombros de gigantes”, reza el lema. Se lo traduje y expliqué a Christine, citando a quienes habían utilizado esa locución (Bernardo de Chartres, Newton, Stephen Hawking). 

Nada es casual, ningún logro, ningún descubrimiento. Eso es tan cierto como que los días se suceden, tan misterioso como que cada comienzo tienen un origen anterior. Nadie lo aprende todo por sí mismo. Eso es tan imposible como que haya un efecto sin haber existido una causa. Todo es consecuencia de un conocimiento previo que alguien nos legó. Pero, cuidado, ese legado no se recoge fácilmente. Tendremos que saltar muros buscando nuevas perspectivas y mirar más allá de lo que permite nuestra estatura. Tendremos que subirnos a hombros de gigantes. 


Florencia. Día 5. Desde la casa de Dante

Publicación original: 18/11/2022 · Esperanza Mateos Donaire · Leer original y comentarios

Hay una historia que lleva setecientos años recorriendo Europa en el imaginario de los amantes de la poesía, en libros, leyendas y obras de arte. Trata de un poeta que se enamoró profundamente de una dama a la que solo vio dos veces en su vida: dos encuentros casuales en las calles de Florencia que, sin embargo, harían que “el amor gobernase su alma para siempre”. Así, con esas palabras, lo expresaría él en su obra Vita Nuova (Vida nueva), escrita en el año 1292, poco tiempo después de que aquella joven muriese, a la edad de veinticuatro años. 

Ni el poeta ni la bella dama llegaron nunca a estar juntos. Ella se casó con un banquero florentino. Él luchó en la guerra, tuvo otras amantes, se casó también, fue padre de familia. Con los años tuvo conflictos políticos que lo llevaron al destierro. Sus vidas fueron divergentes pero, en la imaginación del escritor, ella siempre estuvo con él. 

De esta historia solo esto sabemos con certeza: que aquella dama, llamada Beatriz, inspiró a uno de los poetas más grandes de todos los tiempos, Dante Alighieri. Pero de todo lo que os he contado, nada más podemos asegurar, ni siquiera que Beatriz existiese realmente. Tal vez la inventó Dante. Tal vez construyó en su imaginación tanto su propia historia como a su protagonista. ¿Y si hubiese sido así? ¿Qué importa? ¿Serían menos poderosos los versos con que describió sus sentimientos? ¿Resultarían menos inspiradores?

En el paso de los siglos, la Literatura y la Historia a menudo se narraron la una a la otra, cada una a su manera. Pero eso no altera el legado que nos dejaron. Al contrario: forma parte de él. Por eso no importa si Beatriz fue una dama florentina o una musa imaginada. El hecho es que aquel amor, real o soñado, inspiró a Dante en el viaje más apasionante de su vida. El escritor que -precisamente- mejor conocía los viajes literarios de la antigüedad (Eneida, Ilíada, Odisea) emprendió el suyo propio a través del Infierno y el Purgatorio en la obra más asombrosa que ha parido nuestra cultura, la Divina Comedia. Y fue Beatriz la que le guio hasta el Paraíso. 


Florencia. Último día. La aventura en el equipaje

Publicación original: 19/11/2022 · Esperanza Mateos Donaire · Leer original y comentarios

Termina este Erasmus en Florencia. Rehago la maleta para emprender el regreso y compruebo que está más llena que cuando vine: me llevo una aventura más en el equipaje de mis experiencias. El contacto con profesores de otros países, el esfuerzo que siempre implica utilizar otro idioma y, pese a ello, la comunicación que brota y fluye, que establece puentes de ida y vuelta para las opiniones y prácticas diversas. Todo eso suma vida a la vocación docente y es más que provechoso, más que necesario: es imprescindible. A fin de cuentas, para seguir dando, también hay que recibir.

Esta semana, acudiendo a la metáfora que empleé el otro día, hemos mirado desde hombros de gigantes: Dante, Boccaccio, Petrarca, Miguel Ángel, Leonardo, Galileo… Y con ese enfoque, hemos contrastado nuestros conocimientos y nuestras prácticas. Esto nos trae la certeza de que, por diversas que sean nuestras circunstancias y perspectivas, compartimos el mismo legado. Somos hijos del mismo patrimonio. Lo apasionante es comprobar cuántas formas distintas hay de seguir transmitiéndolo.